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Los "rebeldes" de Cabo Verde

A principios de la década de 1940, la Iglesia católica realizó algunos cambios en su liturgia. En la práctica eso significó la introducción de novedades en la forma de establecer el culto y las ceremonias. Además, se produjeron algunas modificaciones en la forma en que se enseñaba la religión hasta ese momento. El catolicismo es una de las religiones más jerarquizadas del mundo, y los cambios se implantaron sin demasiados problemas entre los sacerdotes y la fiel comunidad católica. Sin embargo, este no fue el caso de la colonia portuguesa de Cabo Verde, más concretamente el de la isla de Santiago, la más grande y poblada del archipiélago.



Entre algunos habitantes de estas islas atlánticas, a 900 kilómetros de la costa de Senegal, la práctica del catolicismo había tomado una dirección que no se ajustaba a las nuevas exigencias de la Iglesia. Entre otras cosas, varios sacerdotes caboverdianos eran sexualmente muy activos, y lo que es más, ni siquiera intentaban ocultarlo. Algunos de ellos llegaron incluso a formar diferentes familias en las distintas islas de la colonia. Un mismo sacerdote, en sus misiones evangélicas, podía tener hijos con varias mujeres diferentes.


Para poner fin a esta y algunas otras prácticas incómodas para la jerarquía católica, Portugal envió varios sacerdotes en 1941 para reemplazar a los líderes religiosos nativos de estas comunidades. En la isla de Santiago, una minoría se rebeló contra la imposición de la metrópoli y terminó huyendo a las montañas u otros lugares de difícil acceso. Allí, lograron continuar con sus tradiciones y prácticas, pero al mismo tiempo crearon una de las comunidades más aisladas del planeta al decidir voluntariamente mantenerse al margen de la Iglesia y del Estado (ambas instituciones estaban estrechamente ligadas en el Portugal de aquella época).


Los miembros de esta comunidad fueron perseguidos, detenidos y ridiculizados. En última instancia, se les castigó por atreverse a desafiar al poder dominante del momento. Como consecuencia, sufrieron muchas dificultades que los convirtieron en marginados totales. Esta actitud desafiante complicó aún más sus ya duras condiciones de vida; a pesar de todo, se mantuvieron fieles a sus tradiciones y a sus líderes religiosos.


Su protesta no fue violenta, se basaba en la desobediencia, pero siempre de manera pacífica. Rehusaron cualquier tipo de contacto, directo o indirecto, con el Estado o la Iglesia católica. Sus hijos no asistían a la escuela y en consecuencia carecían de cualquier tipo de educación formal. Varias generaciones crecieron sin saber leer ni escribir y ninguno de ellos fue inscrito en el registro civil. A efectos prácticos, no eran ciudadanos como el resto de la población caboverdiana porque ni tan siquiera estaban identificados como tales. De hecho, era como si no existieran en absoluto. En un acto de extrema rebeldía, se negaron incluso a utilizar nombres propios. En los pueblos seguían naciendo niños, pero no se les asignaba un nombre de pila, todos compartían el nombre de Rebeldes de Nuestro Señor Jesucristo.


En otro gesto de total oposición a una sociedad que los rechazaba y marginaba, decidieron no utilizar ningún servicio público, incluidos los hospitales. Esto era, sin duda, un movimiento arriesgado, pero incluso llegaron a rechazar la vacunación de los niños o de los animales.


Esta comunidad era conocida como rabelados (rebeldes), y los sábados y domingos recorrían largas distancias a pie para poder asistir a las ceremonias religiosas organizadas por algunos miembros de su sociedad. Sus ritos y ceremonias poco tenían que ver con la ortodoxia católica, y durante esos días observaban un ayuno completo hasta pasadas las tres de la tarde.



Con el paso del tiempo y la mediación de una trabajadora social, la situación fue mejorando poco a poco. Tras conseguir la independencia de Portugal en 1975, comenzaron a acercarse gradualmente a la sociedad que habían rechazado por completo. Sin embargo, fue una transición muy lenta, ya que, bien entrado el siglo xxi, muchos de los rabelados seguían durmiendo en el suelo simplemente porque les faltaban camas. Vivían en casas hechas de caña y, aunque eran una sociedad completamente autosuficiente, las condiciones de vida eran extremadamente duras.


Hoy, todos los niños van a la escuela y algunos de los pocos rabelados que quedan venden cuadros para los turistas o tienen un trabajo diurno en la ciudad para poder regresar a sus comunidades por la tarde. Las viejas heridas finalmente se han ido cerrando y la población comienza a interactuar con un mundo que una vez decidieron abandonar. Entre los rabelados aún subsiste un sentimiento de orgullo por pertenecer a un grupo que resistió y luchó pacíficamente contra la imposición de un poder político y religioso. Y no solo lucharon, sino que también lograron sobrevivir, y para ellos eso es una victoria en sí misma.


El caso de los rabelados de la isla de Santiago es paradigmático porque se opusieron a los poderes del Estado y de la Iglesia católica. Además, se negaron a ser «biológicamente dictados», ya que rechazaron los hospitales, los medicamentos o la vacunación. Antonio Carlo Moniz, de la Universidad de Cabo Verde, describe la situación de los rabelados de la siguiente manera:


[…] este grupo poblacional, viviendo en zonas de difícil acceso, se excluyó de las innovaciones, de la escuela, de sus enseñanzas, de la medicina moderna y de sus prácticas, impregnadas de fuerte religiosidad […]. Cuando era necesario, recurrían a la farmacopea tradicional y prácticas de charlatanería.


 
 
 

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